lunes, 11 de octubre de 2010

Reflexiones sobre "The Devil´s Advocate"

En el trascurso de la historia de la humanidad, el hombre ha ido creando instrumentos que permitan, de una forma u otra, convivir de una manera pacífica y cordial. El ejercicio de la abogacía, es decir, de ser los guardianes y defensores de esos mismo derechos que el hombre ha creado para regular esa vida en común, ha sido siempre, objeto de controversia, en el tanto de que aunque se pretenda lo contrario, la subjetividad en la interpretación de la norma puede implicar, en muchos casos, el despojo de los derechos de la otra parte.

Esto, por cuanto la verdad es un asunto muy sutil. ¿Qué es la verdad me pregunto? Pues sencillamente la verdad es la realidad, es el acontecer, es la certeza de lo que ocurre. Pero, ¿Qué tan certera puede ser la verdad para una persona diferente a la que la presencio? Incluso, podemos afirmar que, en muchas circunstancias, la verdad difiere entre las mismas personas que pudieron observar un hecho determinado.

También puede suceder que, aunque se tenga conocimiento o una presunción de verdad real, se decida por intentar demostrar una verdad ficta, es decir, que nunca ha ocurrido. Esto se puede dar por muchas circunstancias: convicción personal, intereses patrimoniales, incompatibilidad moral, en fin, muchos supuestos bajo los cuales puede llegar a defenderse una tesis diversa de la conocida, e incluso diferente de la que nuestros principios y creencias nos indicarían que debemos adoptar.

Es aquí, donde la práctica jurídica ha encontrado un serio traspié: la verdad. Como ya dijimos, podemos definir la verdad  como aquello cierto, aquello real, que ocurre en determinado tiempo y lugar. Sin embargo, siempre han existido conflictos entre las personas en lo que a sus derechos corresponde, y es allí donde nosotros abogados entramos en juego. Es muy dado en nuestra práctica escuchar la frase advocatus diaboli, abogado del diablo, para referirse al abogado que incurre en los actos que describimos en líneas superiores, es decir, aquel abogado que, a pesar de conocer la verdad, de compartirla y de creerla, decide defender una tesis completamente diversa a ésta que sabe es la verdad real.

“se aplica por extensión a personas que defienden una posición en la que no necesariamente creen, o a quienes presentan a otro debatiente un argumento contra una posición en la que sí creen”

Lo vemos claramente reflejado en el largometraje “The Devil’s Advocate”, o “El Abogado del Diablo”, con la participación de Keanu Reeves, el ganador del Oscar, Al Pacino, y la actriz Charlize Theron. En ella, el abogado Kevin Lomax, un eminente abogado en la ciudad de Nueva York, cuya carrera va en ascenso impresionante, ya que, misteriosamente nunca ha perdido un caso. Por ello es contratado por una firma de abogados, cuyo presidente es el abogado John Milton. Está tan empecinado en continuar con ascendiente carrera, que descuida su hogar, hasta el punto que su esposa muere.

Al final del filme, nos enteramos que Milton es en realidad el padre de Lomax, y que el primero es en realidad el diablo.

El trasfondo de la película nos lleva a pensar en aquellas circunstancias de la vida en las cuales, por el mero deseo de sobresalir, de estar por encima de los demás, por ganar riquezas materiales, se descuidan las cosas que en verdad son importantes. Cuantos padres malcrían a sus hijos dándoles todo lo que ellos desean, pero los privan de su compañía, de su amor y de su comprensión.

El hecho de defender una tesis que uno sabe incorrecta y falaz, aún en contra de los propios valores, principios y creencias, es algo que atenta contra la humanidad misma, pero no la humanidad física, cuerpos tangibles de los hombres, sino contra la humanidad del sentimiento, la sensibilidad, y se sacrifica con ello, la armonía, la cordialidad y la paz que el mismo hombre intenta mantener con sus leyes.

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